DEL AMBIENTE Y SU ORNAMENTO (III)


Reinaldo N. Togores

Parte III

En el monumento los aspectos utilitarios pasan a un segundo plano. En lugar de operar únicamente a partir de un programa de requisitos funcionales deberá atenderse al cumplimiento de lo que pudiera llamarse, siguiendo a Jencks, un 'programa simbólico'. Este programa simbólico no lo concebimos a la manera del guión detallado en que se relata una historia. Más bien se trata de una serie de sugerencias que operan como la semilla en torno a la cual cristalizan una multitud de ideas asociadas. Nos referiremos en primer término al monumento a José Martí en Roma proyectado con la colaboración del escultor Tomás Lara (24).

En este caso el punto de partida estuvo en la frase sugerida por el historiador Pedro Alvarez-Tabío: 'Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el respeto de los cubanos a la dignidad plena del hombre' (25). Esta frase destaca una faceta de la personalidad martiana, la del hombre de leyes, tanto por formación como por vocación. El arquetipo de nuestros códigos legales modernos se encuentra en el Derecho Romano. Esta idea evoca en nosotros, de inmediato, el lugar de la ley: el Foro Romano. De las columnatas que lo circundaban apenas quedan hoy restos, dos o tres fustes aquí y allá soportando trozos de entablamento. De esos vestigios del antiguo foro brota una primera imagen, un esbelto pórtico que reproduce las proporciones del intercolumnio en las antiguas basílicas. El espacio delimitado por esta estructura puede leerse también como puerta. Puertas, colosales puertas, fueron precisamente los monumentos conmemorativos de las grandes proezas en la antigüedad romana. En los arcos de triunfo el motivo de la puerta suele reiterarse triplicándose.

Las puertas invitan al paso a través de ellas, marcando una trayectoria. Este sentido de recorrido se enfatiza estableciendo una secuencia en profundidad y altura. La vida, y especialmente la de alguien como Martí puede interpretarse como una trayectoria, una senda que se recorre a pesar de los obstáculos encontrados. La senda definida en la sucesión de pórticos deberá vencer la pendiente del terreno y lo escarpado del basamento para encontrar, por último, el muro contra el cual se 'estrella'. Conclusión adecuada para la trayectoria de quien reclamara '...que luzca en mi frente mejor la estrella que ilumina y mata' (26). Al impacto, como que se quiebra el muro, y sus planos angulosos se animan de un movimiento en que pudieran hacerse estrella, pero también bandera.

Martí, al alcanzar su destino -la estrella- se hace bandera. El muro con su imagen, se quiebra, asciende y flamea al viento como debieron hacerlo los estandartes de la caballería en aquella acción en que encontró la muerte. De Martí, hombre de leyes, llegamos en este discurrir de imágenes a Martí, bandera. Del proyecto político de la república al destino personal del hombre.

Este monumento quedó en proyecto. Las autoridades locales, quizás debido a cambios de color político, dilataron su aprobación con una serie de reparos que fueron motivo de dos variantes adicionales del proyecto. Por fin se establecieron condiciones a partir de las cuales el monumento quedaba reducido a una estela de dos metros de altura. Abandonada la idea de los pórticos, se mantiene el tema de la estrella sugerida a partir de la intersección de planos. La intención original de emplear mármoles blanco y verde fue también objetada por las autoridades locales alegando el peligro de los omnipresentes graffiti. El material usado a instancias del ingeniero jefe de la zona facilitará sin duda el trabajo de los empleados municipales pero le introduce, con esa estrella en granito rojo, sugerencias quizás adecuadas a la filiación ideológica de nuestro actual gobierno, pero sin duda extrañas a los funcionarios conservadores que, teniendo en cuenta sólo el aspecto funcional, promovieron su uso.

El rojo, utilizado esta vez con toda intención, es protagonista de la plaza y monumento dedicados a la memoria de Lázaro Peña, proyectado con la colaboración de los escultores René Negrín y Juan Quintanilla (27). El sentido de un color no es independiente de la calidad del material a que pertenece. El aspecto un tanto soviético de la estrella sugerida en el monumento de Roma nos viene tanto del color como del hecho de tratarse de granito rojo, material para nosotros exótico y seguramente ligado en nuestra memoria al mausoleo de la Plaza Roja. Al elegir el material para este otro proyecto rechazamos los materiales 'de lujo' como el granito o el mármol, prefiriendo en su lugar un material 'pobre' como la losa de barro. La arcilla cocida tiene, aunque 'pobre', una nobleza peculiar. Ha acompañado al hombre desde su mismo origen como ser industrioso y pensante. No sin razón fue el material elegido por el creador, según el relato bíblico, para su obra mayor: el hombre mismo.

La acción de un militante obrero como Lázaro Peña, por otra parte, encuentra sus raíces en una 'ideología alemana' como la de Marx y Engels. A la austeridad propia de esta filosofía corresponde la de la arquitectura de los viejos ayuntamientos de ladrillo rojo del norte de Alemania, arquitectura que al decir de Weigert:

"crea para la ciudad un distintivo profano, no sacro como la iglesia. Es austera, pobre y ruda, reflejo de un modo de vida que no se preocupa... del adorno de la existencia, del agradable aspecto accesorio de ella, sino que cuida sólo de la función, del servicio del conjunto y de lo individual [subordinado a] este conjunto, en el que la parte nada representa" (28).

En esta tradición seguramente se inserta la elección que hizo el alemán Mies van der Rohe del ladrillo para su monumento de los años '20 a Karl Liebknetch y Rosa Luxemburgo.

Nuestro proyecto, partiendo de las múltiples vinculaciones con calles, edificaciones y parques vecinos, entre ellos uno para juegos infantiles ubicado en la misma manzana (29) y teniendo en cuenta la topografía y el arbolado existente, establece una continuidad de sendas que confluyen en un centro que se hace plaza, estrado y monumento. El revestimiento de losas rojas lo usamos tanto para el pavimento como para las superficies verticales que conforman la estructura central del conjunto. Esto refuerza su carácter democrático, en el sentido de que viene 'de abajo', y abajo también, cerca de la base de la cual un buen dirigente obrero jamás se distancia se inserta el relieve que representa a Lázaro Peña.

Los paramentos, además de crecer en altura se escalonan en profundidad, con lo que refiriéndonos a las direcciones principales en que se estructura nuestra percepción del espacio, la vertical y la horizontal, podemos decir que además de 'venir de abajo', viene 'de atrás'. Es decir, que avanza, a la manera de las sucesivas oleadas humanas que en otra época expresaban en las manifestaciones callejeras su exigencia de reivindicaciones. Los muros, escalonándose, se despliegan a la manera de las banderas rojas empuñadas por aquellas multitudes. La imagen de la estrella, símbolo perdurable de las luchas patrióticas, reaparece también como culminación de este conjunto, dada a partir de planos metálicos que se intersecan y recomponen revelando paso a paso su identidad. Este relieve aplicado a la estructura de paramentos escalonados contribuye, con su simbolismo, a precisar el significado del conjunto. Ya antes nos referimos al papel simbólico del ornamento y a su proscripción en el marco de las concepciones del funcionalismo. Ahora nos encontramos ante un retomar la aplicación ornamental como elemento cuya redundancia obedece a un propósito que, aunque parezca contradictorio, resulta rigurosamente funcional: el de lograr una comunicación mas precisa.

Esto es de suma importancia. No siempre lo estructural puede elevarse a un rango de significación estética. La economía puede obligarnos a soluciones muy alejadas del drama de las "altas tecnologías" transformadoras del entorno. Sobre todo hoy, que despertamos a la dura realidad para comprender que no es posible continuar con el despilfarro de recursos que ellas implican. Se trata del acero, del cemento, del combustible, de los equipos y piezas de repuesto que, o ya no podemos seguir importando o que pudiéramos emplear con más provecho en otros empeños. Dando la espalda a los viejos mitos ya desacreditados se hace necesario redescubrir nuestro único recurso siempre renovado: la voluntad de trabajo de nuestros hombres y mujeres. Voluntad que hallará su camino en la solución otra. La que se imponga como hecho cultural significativo no obstante el uso de los mismos materiales, padeciendo las mismas escaseces y a contramano de toda una misma jerarquía burocrática siempre dispuesta a prevenir lo inusitado.

Robert Venturi ha señalado una posible alternativa, el "cobertizo decorado" cuya significación no radica en la expresión de los procesos tectónicos ni en la rareza y valor de los materiales naturales o artificiales, sino en la riqueza imaginativa y el oficio consagrado que se revelan en su ornamento. Con gusto suscribiríamos objetivos como los propuestos, según Portoghesi, en la obra de Venturi:

"el de retocar ligeramente los elementos convencionales del paisaje urbano, modificando profundamente el contexto y obteniendo con un mínimo de esfuerzo el máximo de resultados. Es un reformismo sin ilusión pero lúcido, opuesto a las veleidades... que han reducido la arquitectura a un desierto de buenas intenciones no realizadas" (30).

El regreso de este desierto no resulta fácil. Hemos perdido la maestría en los oficios. No es sólo el querer hacer lo que debemos exigirnos, sino también el saberlo hacer. Hoy, cuando la superación del dogma funcionalista nos permite recuperar la riqueza de un lenguaje sin inhibiciones, de un eclecticismo con nuevas claridades, el oficio de nuestros carpinteros, herreros, y albañiles debe crecer de la mano del ingenio de nuestros arquitectos y diseñadores. Sin duda, ya vislumbramos una era gobernada por la comprensión de que Arquitectura, dicho así sin complejos, con mayúscula como corresponde a una de las artes mayores, es sobre todo la libre invención del ambiente y su ornamento para mayor deleite del hombre.

La Habana, 16 de abril, 1991

 

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